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17 de diciembre de 2018

¿A cuánta gente matan realmente los volcanes?

[Adaptación del artículo de Sarah Brown, de la Universidad de Bristol, publicado por la BBC Mundo]

Una pregunta ronda surge cada vez que un volcán hace erupción en el mundo: ¿Cuánta gente muere como consecuencia de las erupciones volcánicas? En todo el mundo, cerca de 60 volcanes registran erupciones cada año y  algunos de ellos lo hacen de forma inesperada, mientras otros reinciden con cierta regularidad.

Según cifras recopiladas en reportes informativos, archivos oficiales y documentos históricos, desde el año 1.500, unas 280.000 personas han muerto por la actividad de los volcanes, de las cuales 170.000 perdieron la vida solamente en seis erupciones. Desde el comienzo de este siglo unas dos mil personas han muerto por esta causa.

La mayor parte de los fallecimientos se produjeron por el flujo de lodo volcánico en Filipinas, corrientes piroclásticas (una mezcla de gases volcánicos calientes con materiales sólidos y aire) en Indonesia, flujos de lava en la República Democrática del Congo y proyectiles volcánicos en Japón. Asimismo, durante 2017 tres turistas murieron en Italia al caer en un agujero dentro de un cráter volcánico y en junio de 2018, el “Volcán de Fuego” en Guatemala causó la muerte de al menos 120 personas.

Lo anterior hay que contrastarlo con el hecho que unos 800 millones de personas viven en un perímetro de 100 kilómetros alrededor de un volcán activo, lo que les coloca al alcance del impacto potencialmente mortal del volcán. Solamente en Indonesia hay 200 millones de ciudadanos que se encuentran en esa situación.

En la medida en la que sigue creciendo la población es probable que incluso más gente fije su residencia cerca de alguno de los 1.500 volcanes activos en el planeta, los cuales se encuentran repartidos en unos 81 países.

Riesgos
Los volcanes representan distintos tipos de peligros para las personas que viven cerca de ellos. La mayoría piensa que el flujo de lava es lo más peligroso, pero mientras quema y entierra todo lo que encuentra a su paso, la lava (piedras fundidas de un color rojo brillante, con temperaturas de unos 1.200° grados centígrados) se mueve tan lentamente que la gente usualmente tiene oportunidad de alejarse del peligro a tiempo. Aquí, el peligro surge cuando las personas no evacúan rápidamente. La lava puede causar explosiones, incluyendo la detonación de bolsas de gas metano producidas mientras quema la vegetación. Y cuando llega al océano forma un nuevo e inestable terreno así como columnas de vapor, ácido clorhídrico y fragmentos de vidrio.

Otro riesgo es el dióxido de azufre, uno de varios gases que pueden ser liberados por los volcanes incluso cuando no tienen erupciones. Curiosamente, la lava y los gases apenas son responsables de menos de 2% de las muertes causadas por los volcanes.

Las principales causas de mortalidad de origen volcánico son los flujos piroclásticos y el lahar o flujos de lodo volcánico mezclados con detritos, que son responsables de unas 120.000 muertes durante los últimos 500 años.

Los flujos piroclásticos son avalanchas muy rápidas de rocas, cenizas y gas, que pueden alcanzar temperaturas de hasta 700° centígrados que destruyen todo lo que encuentran en su camino y cualquier ser vivo que se halle en esa ruta tiene una muerte casi segura. Fueron justamente estos los flujos piroclásticos lo que destruyeron la ciudad romana de Pompeya en el año 79 y los  causantes de unas 30.000 muertes en la isla caribeña de Martinica, durante la erupción del Mont Pelée en el año 1902.

Por su parte, el lahar puede contener piedras, árboles e incluso casas. En 1985, unas 25.000 personas murieron por su causa durante la erupción del Nevado del Ruiz en Colombia que sepultó al pueblo de Armero.

En las grandes erupciones, las cenizas volcánicas pueden viajar centenares e incluso miles de kilómetros. Pueden enterrar grandes áreas y perturbar servicios críticos como el transporte. Históricamente, tras este tipo de eventos viene el hambre y la enfermedad, por cosechas que se pierden, o las cenizas y el gas llevan a cambios temporales en el clima.

Prevención y vigilancia
Aunque imparables, las erupciones volcánicas no tienen que conducir a la muerte y al desastre. Que solo se haya producido una persona gravemente herida durante mayo en Hawáii (Estados Unidos) da testimonio del trabajo de los científicos que estudian estos fenómenos, de las agencias de gestión de desastres, así como de los excelentes sistemas de seguimiento. Lamentablemente, la insuficiencia de recursos significa que pocos volcanes alrededor del mundo son sometidos a una supervisión tan buena como el Kilauea.

El uso de satélites permite someter a algún tipo de vigilancia incluso a los volcanes más remotos pero solamente un 20% de todos los volcanes son seguidos por algún sistema de monitoreo terrestre. Y aproximadamente cada dos años se produce la erupción de un volcán sobre el cual no se tienen registros históricos. Estos pueden ser los más peligrosos, dado que los largos periodos de letargo pueden terminar en erupciones más explosivas y porque la gente que vive en su entorno puede ser la menos preparada.

En cualquier caso, los observatorios de volcanes, los investigadores y las organizaciones internacionales trabajan de forma incansable para responder a las emergencias y anticiparse a las erupciones, lo que ha resultado en decenas de miles de vidas salvadas. Evidentemente, un volcán no tiene que matar gente para tener un impacto significativo. Las evacuaciones obligan a la gente a abandonar sus hogares, se pierden formas de sustento, las áreas agrícolas quedan devastadas y las pérdidas económicas pueden sumar miles de millones de dólares.

Por eso, incluso cuando están dormidos, es una decisión sabia seguir vigilando a los volcanes.