Menú Principal
13 de mayo de 1647

13 de mayo de 1647: El gran sismo del «Cristo de Mayo» destruye Santiago

Santiago.- La ciudad de Santiago había cumplido 106 años de existencia y el gobernador Martín de Mujica llevaba 18 meses en el cargo, cuando un sismo de magnitud estimada de 8,5 con epicentro cerca de Licantén (Región del Maule), arrasó casi por completo el principal asentamiento español en el país y cuya ruina por estas fechas representaba en gran medida la ruina de Chile. De todas las construcciones de esa época, en 2021 solamente permanece en pie la Iglesia de San Francisco, cuyos gruesos muros construidos en piedra y ladrillo; asentada sobre un sistema indígena antisísmico, permitieron mantenerla a salvo de la destrucción.

El día había transcurrido sereno y templado. Cerca de las 22.30 horas, cuando la totalidad de la población ya dormía, un fuerte sonido subterráneo se dejó sentir en el valle y de inmediato comenzó un sismo tan violento que los muros de los edificios comenzaron a agrietarse desde su base y a ceder las amarras de los techos. Lo primero que se vino al suelo fueron las torres de las iglesias, con el tañido ensordecedor de sus campañas; a las que pronto siguieron los mismos templos y muchas de las casas. Algunas quedaron completamente en el suelo; otras sin tejados y las pocas que permanecían en pie amenazaban derrumbarse de un momento a otro. Del cerro Santa Lucía se desprendieron grandes peñascos que se precipitaron con una fuerza irresistible por la calles aledañas, acallando las voces de los hombres y causando aún más pavor entre los sobrevivientes.

De acuerdo al relato del obispo de Santiago, Gaspar Villarroel, el movimiento intenso «duró tres credos rezados«, lo que en términos actuales correspondería a unos siete minutos. Como en general las murallas se derrumbaron hacia afuera y las casas eran casi todas de un piso, muchos habitantes lograron llegar a la calle o los inmensos patios interiores. Otros quedaron atrapados al encajarse las puertas y ventanas, y algunos se salvaron en los huecos y umbrales, mientras intentaban arrancarlas. A esta trabazón de puertas debieron la vida las monjas clarisas y las agustinas, pues los corredores se vinieron al suelo mientras las paredes maestras aguantaban. A pesar de que la noche era clarísima, pronto la nube de polvo de los escombros la oscureció por completo.

En medio de la confusión, algunos vecinos fueron capaces de arrancar de los escombros los cuerpos de sus familiares y conocidos. Se sabe de la existencia de Ana de Quiroga, madre de nueve hijos, quien logró salvar a ocho y que cuando regresaba con el más pequeño, un pedazo de muralla aplastó a madre e hijo. Su acción la transformó en una de las heroínas del terremoto.

Al terminar el sismo, de las 600 casas apenas quedaban algunas en pie. También habían caído los edificios públicos y casi todos los templos, aplastando a más de 700 habitantes, es decir, cerca del 20% de la población de Santiago. Los sobrevivientes quedaron a la intemperie y sin alimentos en el comienzo de un invierno que iba a ser excepcionalmente crudo. El estoicismo de los santiaguinos iba a sufrir nuevas pruebas con las lluvias torrenciales que siguieron al terremoto y que produjeron costosas inundaciones, para luego soportar tres días de nevazones a partir del 23 de junio. Por otro lado y a pesar de una serie de medidas de carácter práctico, el deterioro de las condiciones higiénicas provocaron una epidemia de fiebre tifoidea que duró más de un año y que mató a más de dos mil personas.

Por efecto directo del sismo se contaron más de mil muertos en todo el territorio de Chile y a lo largo de la costa, el mar se agitó furiosamente formándose olas de gran tamaño que azotaron la tierra. Hay crónicas que señalan que el sismo se sintió hasta Valdivia por el sur, La Serena por el norte y la provincia de Mendoza en Argentina.

En la actual Región del Maule -zona del epicentro- se produjeron grandes grietas, algunas de las cuales arrojaban aguas turbias como barro diluido, impregnadas de gases que despedían un olor insoportable. En otras partes, se secaron los manantiales que siempre habían dado agua abundante.

Fervor religioso
Durante la madrugada seguía temblando y una ola de locura colectiva amenazaba a los sobrevivientes. Unos esperaban la repetición del terremoto; otros temían que se abriese la tierra y se los tragase a todos, y no pocos suponían que el epílogo de la jornada sería la aparición de un volcán y en su desesperación imploraban ser confesados.

En medio de la confusión, el obispo Villarroel organizó lo que dentro de la mentalidad de la época y del estado de exaltación religiosa que la catástrofe provocaba, era la primera necesidad: una partida de clérigos y frailes para ayudar al sacramento de la confesión de manera masiva. Su relato resulta esclarecedor: «puse en la plaza, 40 ó 50 confesores entre clérigos y frailes. Repartidos por las calles muchos para los enfermos y heridos. Dí facultad a todos los sacerdotes simples; y, siendo tantos unos y otros, fueron las confesiones tantas y tan repetidas, que embebimos la noche en ellas«.

Al amanecer del día siguiente el fervor religioso rayaba en el delirio; los enemistados se reconciliaron; en pocos días se celebraron 200 matrimonios de parejas hasta entonces «amancebadas» (convivientes); y el episodio de la cárcel es fiel reflejo del impacto del evento en la siquis de los habitantes: los reclusos, algunos convictos de delitos graves, resultaron ilesos, pero a pesar de desaparecer guardianes y muros, ninguno se atrevió a darse a la fuga, tan sobrecogidos por el espanto estaban.

Según documentos oficiales de la Real Audiencia «fue necesario detener a los que furiosamente se arrojaban sobre sus cadáveres inertes, queriéndoles resucitar; y a los que peleando con los altos promontorios de tierra que cubrían a sus hermanos, sus hijos, sus amigos, se les antojaba que los oían suspirar, presumían llegar a tiempo de que no se les hubiera apartado el alma (…) y los hallaban hechos monstruos, destrozados, sin orden en sus miembros, palpitando las entrañas y las cabezas divididas«.

El terremoto tuvo el efecto de despertar un inusitado fervor religioso que se tradujo en procesiones y penitencias. Una de las procesiones, que se mantiene hasta la actualidad es la procesión del Cristo de mayo. Después de saberse que en la Iglesia de San Agustín se había derrumbado el techo, pero la imagen del Cristo estaba intacta y que la corona de espinas se le había bajado al cuello, los creyentes de la ciudad organizaron una procesión pocas horas después del sismo. Las crónicas coloniales señalan que la procesión terminó en la Plaza de Armas, donde el obispo Gaspar Villarroel, oró y consoló a los enfermos, rezando por los difuntos. Desde 1648 se repetirá la procesión, con la fe de que el Cristo de los agustinos protegería a la capital de los fenómenos telúricos.

⇒ Como dato anexo, el sismo de mayo de 1647 es el contexto en que se desarrolla la novela «Das Erdbeben in Chili» del escritor alemán Heinrich von Kleist.


Fuentes consultadas
→ «Prensa y diccionario Histórico de Chile», de Fuentes, Cortés y Castillo.
→ «Historia General de Chile», de Diego Barros Arana.
→ «Historia de Chile Ilustrada», de Encina y Castedo.