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18 de enero de 2021

Junio 1783: Laki, el volcán islandés que alteró el equilibrio climático en Europa

El 8 de junio de 1783 se produjo una de las mayores erupciones volcánicas que se han registrado en la historia de Islandia. Ese día, en el sistema volcánico de Grimsvötn una fisura de 28 kilómetros de extensión y compuesta por 130 cráteres abiertos por explosiones freatomagmáticas causadas por la interacción del agua subterránea con el magma basáltico que se estaba elevando, lanzaron grandes cantidades de lava y otro tipo de gases a la atmósfera. Aunque la erupción continuó hasta el 7 de febrero de 1784, la mayor parte de la lava se lanzó en los primeros cinco meses, estimándose que fueron unos 14 mil metros cúbicos.

Entre el material expulsado hubo aproximadamente 120 millones de toneladas de dióxido de azufre y ocho millones de toneladas de fluoruro de hidrógeno, lo que causó gran daño a la vida silvestre de Islandia, matando además a la mitad del ganado y generando una intensa escasez de alimentos en el país. En total, la erupción causó la muerte directa de unas nueve mil personas, lo que representa el 20% de la población del país en ese año.

Islandia infernal
La actividad del volcán se mantendría hasta febrero de 1784 y sus efectos, según las fuentes de la época, fueron terribles en Islandia, en consonancia con el valor 6 del Índice Volcánico de Explosividad que le atribuyen los expertos. Una amplia zona de la costa suroriental del país quedó arrasada por las efusiones basálticas, mientras que en el cielo de la isla se instalaba una densa capa de gases nocivos y polvo que, en muy poco tiempo causó gran mortalidad.

Una periódico de Dinamarca fechada en septiembre de 1783 describía el padecimiento de la gente y alguno de los terribles efectos provocados por la lava. La consternación y el miedo invadían a los islandeses quienes, además de ignorar el alcance real del desastre, veían su país cubierto por «las más horrendas tinieblas», producto de los «vapores de azufre, salitre, arena y ceniza» lanzados por el volcán. El sol únicamente era perceptible durante el amanecer y el atardecer como «un gran volumen de fuego metido entre vapores densísimos». Además, en los años posteriores una terrible hambruna castigaría a los supervivientes del desastre. Sin duda, los islandeses fueron las grandes víctimas, pero el impacto de la erupción fue más allá.

Europa afectada
Sin embargo, las consecuencias fueron mucho más allá de Islandia, ya que Europa y parte de Asia se cubrieron durante varios meses de una niebla azulada bautizada como «Bruma de Laki», la cual también causó pérdidas en las cosechas por al menos tres años. Esta situación se ha descrito como una de las mayores catástrofes medioambientales naturales en la historia europea y la erupción atrajo por primera vez la atención de científicos sobre la importancia que este tipo de eventos podrían tener en la dinámica climática del planeta.

Empujada por los vientos provocados por las altas presiones situadas en Islandia, la espesa nube tóxica fue desplazándose en dirección sureste llegando a Bohemia, Berlín, París y Reino Unido, impregnando el cielo de un polvo sulfuroso. Un sofocante calor se adueñó de la atmósfera y en el caso de los londinenses tuvieron la percepción de no haber conocido nunca un verano de tal característica. De hecho, por la presencia de la ceniza volcánica, el verano de 1783 fue conocido en Reino Unido como «verano de arena» (sand-summer).

Una niebla densa y persistente, imposible de atravesar por los rayos del sol, se adueñó de los cielos europeos. El aspecto del disco solar, cambiante según transcurría el día, añadía más confusión a lo que las gentes calificaban como «fenómeno increíble y portentoso» para el que no tenían explicación.

El verano fue anormalmente caluroso en buena parte del continente europeo aunque, de inmediato, irrumpieron violentos aguaceros y granizadas que hicieron descender las temperaturas. El otoño fue más fresco y húmedo de lo normal y el invierno siguiente, muy frío. Las cosechas se perdieron, dando paso a la carestía, el hambre, la enfermedad y la crisis.

Hay relatos que indican que conforme avanzaba la tarde, las tonalidades del sol iban variando, adquiriendo un colorido que se tornaba rojizo y provocaba un temor supersticioso que sobrecogía los espíritus. La Gaceta de Madrid explicaba que este cambio de color «era suficiente para que el pueblo se asustase; y en efecto la consternación fue general en las gentes poco instruidas […] vive el pueblo en el mayor conflicto, recelando grandes males». A mediados de agosto, el mismo periódico se hacía eco de las anomalías observadas en los cielos de Prusia, Dinamarca, Francia y la península itálica refiriéndose a la existencia de «una especie de niebla o vapor muy denso» que debilitaba la luminosidad de los rayos del sol y permitía mirarlo «sin que dañase la vista». Señalaba también que esas brumas espesas, en lugar de «humedecer los campos, secaban la hierba de los prados y las hojas de los árboles», y destacaba el excesivo calor que se padecía y la incapacidad de los vientos para «disipar los vapores».

Erupción y clima
Las consecuencias de la erupción del Laki no cesaron cuando se disipó la nube. Tras el excesivo calor del verano de 1783, la temperatura media en el hemisferio norte descendió bruscamente cerca de tres grados, circunstancia que provocó la reducción de la diferencia térmica existente entre Eurasia y África; y los océanos Índico y Atlántico, limitando la capacidad de los monzones para generar sus conocidas lluvias que alimentan los cursos fluviales. En el norte de África la temperatura se incrementó en dos grados y la falta de precipitaciones hizo que el río Nilo no experimentara sus usuales y generosas crecidas, haciendo inviable la siembra ante la ausencia del riego necesario. Al año siguiente sucedió lo mismo y la pérdida de dos cosechas derivó en una terrible crisis que diezmó a la población egipcia.

Todas estas alteraciones climáticas, advertidas y padecidas por los contemporáneos, fueron reseñadas y comentadas por los diarios europeos; pero nadie llegó a relacionarlas con la erupción del Laki salvo el político y científico Benjamín Franklin. En una conferencia pronunciada el 2 de diciembre de 1784 ante los miembros de la Literary and Philosophical Society de Manchester (Reino Unido) bajo el título de «Imaginaciones y conjeturas meteorológicas», puso de manifiesto que era la tenaz y seca niebla procedente de Islandia que cubría los cielos de Europa, la que impedía que penetraran los rayos del sol y causaba el comportamiento anómalo del clima. Los estudios actuales han confirmado que Franklin tenía razón.