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16 de diciembre de 1575

Diciembre de 1575: El cataclismo que sacudió a Valdivia

Valdivia, 16 de diciembre de 1575.- Cuando los habitantes de Santiago consideraron al sismo del 17 de marzo como una señal de Dios, nunca imaginaron que su temor no solamente se confirmaría, sino que en pocos meses realmente ocurriría un evento sísmico de características colosales. Y si hubieran podido conocer el futuro, se habrían sorprendido de que éste fenómeno volvería a repetirse -con características sorprendentemente similares- 385 años más adelante.

A las 14.30 horas del 16 de diciembre de 1575 un sismo de magnitud 8,5 se siente en la zona austral del territorio, especialmente en la ciudad de Valdivia, pues su epicentro fue prácticamente en la misma ciudad.

El corregidor de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, relata en su manuscrito «Crónica del Reino de Chile» cómo fue el sismo señalando que «comenzó a temblar la tierra con gran rumor y estruendo, yendo siempre el terremoto en crecimiento sin cesar de hacer daño, derribando tejados, techumbres y paredes, con tanto espanto de la gente, que estaban atónitas y fuera de sí de ver un caso tan extraordinario«. Agrega que «no se puede pintar ni descubrir la manera de esta furiosa tempestad que parecía ser el fin del mundo, cuya prisa fue tal que no dio lugar a muchas personas a salir de sus casas y así perecieron enterradas en vida, cayendo sobre ellas las grandes máquinas de los edificios. Era cosa que erizaba los cabellos y ponía los rostros amarillos, el ver menearse la tierra tan aprisa y con tanta furia que no solamente caían los edificios sino también las personas, sin poderse tener en pie, aunque se asían unos de otros para afirmarse en el suelo«.

El mismo testigo relata que a los pocos minutos de ocurrido el sismo, sucedió el fenómeno de retroceso de aguas del río Calle Calle, que anticipó la formación de un tsunami: «Mientras la tierra estaba temblando por espacio de un cuarto de hora, se vio en el caudaloso río, por donde los navíos suelen subir sin riesgo, una cosa notabilísima, y fue que en cierta parte de él se dividió el agua corriendo la una parte de ella hacia la mar, y la otra parte río arriba, quedando en aquel lugar el suelo descubierto de suerte que se veían las piedras«.

El tsunami
Como era de esperar, sobrevino entonces la salida del mar, sobre lo cual Mariño de Lobera escribió que «salió la mar de sus límites y linderos, corriendo con tanta velocidad por la tierra adentro como el río de más ímpetu del mundo. Y fue tanto su furor y su braveza, que entró tres leguas por la tierra adentro, donde dejó gran suma de peces muertos, de cuyas especies nunca se habían visto en este reino. Y entre estas borrascas y remolinos se perdieron dos navíos que estaban en este puerto, y la ciudad quedó arrasada por tierra, sin quedar pared en ella que no se arruinase«.

El sismo y tsunami también tuvieron efectos en todas las ciudades del sur del territorio, causando importantes daños. El gobernador de Chile, Horacio de Quiroga, describió la situación en una carta enviada el 2 de febrero de 1576 al Rey Felipe II señalando que «en un momento derribó las casas y templos de cinco ciudades, que fueron: La Imperial (actual Carahue), Villarrica, OsornoCastro y Valdivia. Y salió la mar de su curso ordinario, de tal manera que en la costa de la Imperial se ahogaron casi cien ánimas de indios, y en el puerto de Valdivia dieron al través dos navíos que allí estaban surtos, y mató el temblor veinte y tantas personas entre hombres, mujeres y niños«.

Agrega que hizo todo lo posible por aplacar los males, «mandando hacer plegarias y procesiones, suplicando a nuestro Señor aleje de sobre nosotros su indignación«.

Por su parte, los habitantes de la ciudad de Valdivia se vieron obligados a vivir a la intemperie, expuestos a las lluvias, escasos de alimentos y con la inseguridad generada por las numerosas réplicas que se sucedían cada media hora, por un lapso de 40 días. Estando allí pudieron percibir la disminución progresiva del caudal del río Calle Calle en las siguientes semanas, un hecho que era provocado por otro aspecto de este desastre.

Desborde del lago Riñihue
El sismo y tsunami no fueron los únicos eventos que debieron soportar quienes vivían en la zona circundante a Valdivia. Debido al sismo, al oriente de la ciudad, en la precordillera de Los Andes, una gran parte de un cerro cercano al desagüe del lago Riñihue, se derrumbó obstruyendo totalmente el cauce del naciente río Calle Calle.

Durante cuatro meses, las aguas del lago Riñihue no tuvieron por dónde bajar y comenzaron a acumularse, aumentando peligrosamente el nivel del lago. En abril de 1576, la pared de tierra que sostenía esa gran cantidad de agua se rompió en horas de la noche y las aguas precipitaron por el lecho casi seco del río Calle Calle a gran velocidad y arrasando con todo lo que encontraron en su avance hacia el mar.

El corregidor español de la ciudad, Mariño de Lobera, había dispuesto el traslado de los habitantes de la ciudad a las partes altas de los alrededores, en previsión de un posible nuevo tsunami y mientras durase la reconstrucción de algunos asentamientos, lo que aminoró enormemente el número de víctimas que dejó este aluvión.

De esta manera, la destrucción de la ciudad y de los poblados vecinos fue completa y según el relato del mismo Mariño de Lobera «las mismas casas eran sacadas de sus sitios y llevadas por la fuerza del agua. Por ir muchas de ellas enteras como navíos, iban navegando como si lo fueran. Lo que ponía más lástima a los españoles era ver a muchos indios que venían por el río encima de sus casas, y corrían a dar consigo a la mar, aunque algunos se echaban a nado y subían a la ciudad como mejor podían. Algunos indios que iban a nado, muchos morían en el camino topándose en los troncos de los árboles y enredándose en sus ramas«.

Al cabo de tres días bajó el nivel de las aguas dejando a toda una gran zona arrasada. Además de los 20 muertos consignados por el gobernador Quiroga entre los habitantes de Valdivia, la mayor mortandad se produjo entre los pueblos originarios de la región. Se señala que al menos 1.200 personas de asentamientos indígenas murieron, sin que jamás se pudiera saber con exactitud.